domingo 12 de febrero de 2012

al borde

-Yo rezo todas las noches.

-¿Qué pide en sus rezos?

-Que me saquen de aquí. ¿Qué es esto en lo que estamos metidos? ¿Usted lo sabe? ¿De quién es la culpa? Busquemos un culpable, ¿por qué nadie más lo pide? ¿Por qué soy el único buscando al responsable de todo este desastre?

-¿De qué desastre?

-¿No lo ve usted?

-No, yo sólo veo un hombre triste, desdichado, un hombre que ha perdido toda esperanza.

-No sé si he perdido algo o más bien algo va creciendo dentro de mí. Cuando le hablo a Clara ella me mira asombrada. De dónde sale todo eso, me pregunta con miedo. ¿Cómo que de dónde? De aquí adentro! De acá! Abro la boca para que mire dentro, me sacaría los ojos para que vea bien de qué esta hecho este hombre que se la folla todas las noches. Pero algo de toda esta mierda le atrae y no entiendo por qué… no se lo cuestiono tampoco, en cualquier momento se da cuenta de que estoy a punto de perder la razón y …

-¿Qué? ¿Entonces qué?

-Entonces se iría, y ya no me quedaría ni un pedazo de razón para tolerar esto un minuto más.

Música

Oír la voz de Enrique Iglesias puede deprimirme profundamente. Siento que mi vida es miserable, que no supe cómo formar parte de algo bueno. Sentado solo en mi casa oyendo la radio que pone la señora de limpieza, baladas románticas, es como estar presenciando mi propia decadencia.

Hoy soy un pueblo abandonado.

Pongo algo de Arcade Fire, siento que me representa. Esa intensidad… ellos hablan por mí. Supongo que eso es lo que cualquier fan inepto diría no? Me cago en mi falta de originalidad.

bola de pelos

Una bolita de pelo negro al viento transita despacio por encima de mi cabeza. La gata la ve, y desde su silla salta ágilmente, toma vuelo, salta sobre mi cabeza y la agarra con la boca. Al caer al suelo la bola de pelo se le escapa y la toma con las patas, dehaciéndola en miles de pelitos pequeños que se esparcen por suelo. La gata los mira y se queda detenida un instante. La miro, y desde acá arriba adivino que irá por el más cercano y luego al de al lado, y así, los irá tomando todos con las patas hasta juntarlos. La gata, en cambio, los deja y vuelve a su silla a esperar uno que se no deshaga cuando lo agarra.

una bolsa

El piso estaba lleno de bolsas. La gata caminaba entre ellas, deteniéndose en la más grande para investigar, meter la nariz, la cabeza, el cuerpo, y luego intentar escapar, como si algo o alguien viniera por detrás para cerrar la bolsa con un nudo y alejarla de aquí, como si de basura se tratase. Una de las patas traseras se atasca en el asa y los rápidos movimientos de la gata obligan a la bolsa a crujir y moverse tras ella, creando más tensión en esta pequeña investigadora temerosa dotada de muy poco coraje. Al subir las escaleras la bolsa la persigue, sin quedar atrás, avanza con la gata hasta el segundo piso. Con los dientes intenta abrirse camino, devolverle a sus patas la agilidad usual, pero el ruido la espanta y continua su escape hacia el marco de la ventana, que, dos pisos por encima de la calle, está abierta de par en par. La bolsa o yo, parece pensar, cuando mira hacia abajo y se lanza con un maullido guerrero que a muchos no convence. Su pelaje negro brilla con la luz de los faroles de la calle, la ansiada libertad está cada vez más cerca, con la caída la bolsa se libera y la pata trasera vuelve a ser de exclusividad de esta gata que al caer al suelo intacta devuelve el orgullo a su especie. La bolsa se ha separado, en efecto, pero al caer no encuentra mejor lugar para aterrizar que sobre la cabeza de la gata que se lamía ya las patas como dejando atrás lo sucedido. Cubierta nuevamente de bolsa, la gata se queda quieta. La cola afuera, se mueve despacio de un lado a otro, la punta sola de arriba abajo, solo cabe adivinar lo que hará ahora. Pocos segundos pasan a través de ella, tranquila, encuentra repentinamente cierto descanso, cierta protección dentro de esta improvisada cueva de plástico blanco. Se escuchan silbidos a lo lejos, alguien la extraña, ella lo oye, responde con maullidos intermitentes leves, que no llegan a los oídos de quien la llama. Sin saberlo ella, una cabeza humana se asoma por la ventana pero no ve en el suelo más que una bolsa blanca. Cierra la ventana y prosigue con su búsqueda, para abandonarla en pocos minutos asumiendo la gran pericia felina para regresar a la cama cuando la noche se ha instalado. Abajo, en cambio, una repentina torpeza se ha apoderado de la mascota castrada y engordada, muy lejana ya de aquella que saltaba por los techos más altos y lejanos, la que podría haber encontrado la manera de salir de esa bolsa y volver a calentar los pies de quien la alimenta.

La gata se ha quedado dormida, cubierta de blanco, son ya las 11 de la noche, se oye el camión recolector y a los 3 hombres que levantan una a una las bolsas de basura del distrito para lanzarlas al camión que compacta en pequeños paquetes cada tantos kilos de desperdicios. Sorprendería que uno de ellos hiciera algo más allá de lo que su trabajo exige, recoger la basura de los puntos establecidos, pero en esta oportunidad la pequeña anciana de la puerta cercana a donde la gata duerme escondida, está sacando, ella sola, una bolsa negra con desperdicios y otra muy grande con ropa para regalar a los trabajadores nocturnos. Uno de ellos, el más joven, la ve desde lejos, y corre para ayudarla. Recibe las bolsas con mucho agradecimiento, ayuda a la señora con la bolsa negra y le dice que descanse. Ante este súbito incremento en la actividad de la noche, la gata despierta y realiza una serie de movimientos rápidos y desesperados por salir de su guarida temporal. La señora la confunde con un roedor indeseable y deja salir un pequeño pero certero alarido y dice claramente la palabra rata. La gata, que es negra, escapa por los bordes de las paredes, dejando atrás, por fin, la bolsa, y el joven, que no puede dejar pasar una ocasión para demostrar gallardía, emprende la persecución con las bolsas en las manos. La cabeza humana que asomó por la ventana hace ya una media hora vuelve a aparecer y pregunta está bien señora? A lo que esta responde hay una rata enorme. La fobia por las ratas impide que la cabeza humana se involucre en la situación con lo cual se despide y cierra con rapidez y cerrojo, la ventana. La pequeña gata negra ha logrado alejarse lo suficiente del recolector heroico, y está por cruzar la calle hacia los arbustos del parque de enfrente donde podrá pasar la noche escondida, protegida, ya casi lo imagina, hasta que salga el sol y ella pueda esperar a que su dueño la encuentre. En medio del asfalto el camión también avanza y es lamentable cómo suceden las cosas a veces cuando los caminos de uno y otro ser se encuentran para la desgracia de uno de ellos, el más pequeño e indefenso, peludo ser, que al ser sobrepasado por la inmensa llanta del camión no puede siquiera emitir un sonido de despedida de este mundo cruel y material, donde la rapidez y la agilidad quedan atrás para dejarnos tan solo con un cuerpo ensanchado y lento, que, además, es lo que queda de nosotros para terminar en una bolsa plástica blanca, cerrada con un nudo, lanzada sin lástima ni tristeza al camión que ahora une el paquete que llega con los que ya estaban ahí y tritura todo para hacer espacio a las siguientes bolsas que vendrán a lo largo de la noche.

domingo 6 de noviembre de 2011

Todos los pájaros del mundo


Estábamos tomando el té. Hablando acerca de la casa de campo que estaba aún en proceso de ser terminada. Estábamos ansiosos de ir a pasar el día ahí, así que arreglamos la terraza de nuestro departamento en el piso 20 para tomar algo de aire mientras tanto. Marianita nos mostraba un libro de animales. Karina le explicaba que muchas de esas especies la estaban esperando en el campo, que no faltaba mucho para poder ir a pasar días enteros allá. Donde podría ir al río, mojarse los pies en el agua, ver ranas, renacuajos, peces, tal vez zorros, quién sabe.

-Luego podríamos recoger las flores más bonitas y ponerlas en tu cuarto para que te acompañen en la noche. Te gustaría eso?

-Sí mucho.

-Eso haremos.

De repente un ruido a lo lejos, el aleteo intenso, Karina dijo, miren arriba. Y miramos, algo que nunca había visto, miles de pájaros, aves enormes, aleteando y gritando, unas al lado de otras cubriendo el cielo y avanzando con prisa. Era un espectáculo. Marianita se reía

-Papá cuántos pájaros!

-Están migrando, viajan buscando comida y calor

-Y a dónde están yendo?

-No lo sé.

Karina notó que habían demasiados pájaros, que esa no era una bandada normal. Lo dijo de una manera tranquila, no quería poner nerviosa a Marianita.

-Mi amor, has notado que la bandada es particularmente grande?

Nadie dijo nada, el aleteo de las aves chocando entre sí hacían evidente que estaban unas sobre otras, quitándose espacio. Los chillidos que emanaban no eran placenteros de oír.

-Más té?–preguntó Karina.

-Si, por favor. Marianita, tú quieres un poco de agua?

-Sí papá.

Karina nos sirvió.

-Papá mira, mira!

Sobre nosotros, un pájaro bajaba el vuelo y venía directamente hacia nosotros, cayendo. Karina soltó la tetera, agarró a Marianita que alegre iba hacia al ave que venía. Me adelanté, me paré delante de ella y esperé al ave que ya para este momento era evidente que estaba perdiendo fuerza. La cogí con las manos y evité que cayera al suelo. Marianita vino a verla, Karina la agarraba de las manos y trataba de llevársela a la casa.

-Mamá qué le pasa al pajarito?

-Vamos adentro mi amor, tu papá lo va ayudar.

Yo les dije que sí, que yo lo ayudaría, que seguro el pajarito estaba enfermo y por eso había caído.

-Pero papá por qué está enfermo?

-No lo sé.

Karina miró hacia arriba.

Tomó a Marianita con fuerza y le dijo que ya se había acabado la hora del té. Que había que entrar a la casa. Mariana se opuso. Miré hacia arriba. El cielo ya estaba cubierto, sobre nosotros volaban todos los pájaros del mundo. Aglomerados, gritando. En mis manos, el ave que salvé de caer, murió. Marianita gritó.

-Mariana vamos adentro ya!

Marianita logró soltarse de Karina, corrió y me quito el ave de las manos.

-Pajarito despiértate! Papá dale comida, dale agua!

-Rodrigo mira eso

Uno a uno empezaron a caer los pájaros. Algunos otros daban vueltas en círculos, desorientados, hambrientos. Su peregrinación no llegaba a ningún puerto, ya no había dónde descansar, dónde comer. Nos quedamos observando. Tomé a Mariana de la mano y abracé a Karina. Los tres vimos a los ojos a las aves que cayeron cerca de nosotros. El agotamiento, el hambre, sus ojos cerrándose y el suelo esperándolos. Mariana y Karina lloraban. Yo las abrazaba fuerte, pensaba en la casa de campo, en el libro de animales de Mariana, se me ocurrió comprar una jaula, tal vez sería una buena idea guardar un par de pajaritos de colores para que los vea cuando ella quiera. La idea me incomodó un poco, pero estoy dispuesto a hacerlo, si sucediera que en el bosque ya no existiera el canto de los pájaros por la mañana.

t r a s p a p e l a d o